Hay lugares que producen cosquillas en los pies.
A veces los notamos porque una voz cercana recuerda sus pasos,
por el eco de risas infantiles en las paredes,
por latidos antiguos que perduran.
Hoy me detuve sobre cosquillas ajenas, momentos sin tiempo,
-tomar un minuto para escuchar, para imaginar, para sentir-,
momentos de quietud junto a las aguas silenciosas del parque,
escuchando la música de las hojas que cosquillean las suelas.
Alzar la vista: la Creueta, Can Móra y la Rovira, los Tres Turons de casa.
En el horizonte la Peira, Putxet, Monterols, Modolell,
y, tocando el mar, Mons Tàber y Montjuïc.
Todos bajo la custodia y la mirada de la madre Collserola.
Encontrar en las calles pasados escenarios, viejos decorados,
recordar hombres construyendo casas con esperanza,
niñas y niños trabajando en casa a cambio de
un poco de chocolate para la merienda.
Escuchar historias de cuento: dormirse en la calle
y despertar en una cueva. ¿De qué osito sería aquella cama?
Leer en fachadas secretas la mejor caligrafía de la lengua.
Dejar que los pies construyan el pensamiento.
Sentir la caricia tibia del sol de otoño,
los pasos acompañados, las presencias nuevas,
los recuerdos y abrazos por whatsapp.
Hoy fue un día de cosquillas compartidas.
Iñaki Andrés
El Carmel, 7 de noviembre de 2022